Sismos desencadenan nuevos procesos

14/11/2017

 

 “Es por la humildad por donde se cuela la esperanza” (Albert Camus)

 

 

 

 

A quienes el sismo les quitó todo o casi todo, la vida quizás ha cambiado para siempre. A los que escaparon de el y se abocaron a cualquier tarea que fuera necesaria para ayudar también, quizás, esta experiencia los ha cambiado para siempre.

 

Estuvimos en medio de la tragedia compartiendo riesgos, cansancios, frustraciones por no encontrar vida bajo los escombros, con tanto esfuerzo, removidos. Pero la alegría y emoción de salvar a alguien o por llegar a tiempo con las frazadas o las tiendas para que los damnificados puedan guardar un mínimo de calor y de intimidad, fue inmensa.

 

Sin embargo, la sociedad entera tuvo una sorpresa mayúscula: adolescentes y jóvenes, la mayoría estudiantes, criticados como seres indolentes, sumidos en sus teléfonos y computadoras, con los oídos cubiertos para escuchar la música y “desoir” los llamados a colaborar en sus familias y comunidades, se volcaron en miles a las zonas de desastre que abarcaron varias ciudades y pueblos. Su entusiasmo, su fuerza física y moral, su habilidad en redes y tecnologías fueron elementos nuevos y eficaces en las difíciles tareas de coordinación de la ayuda en alimentos, cobijo e información de sobrevivientes, desaparecidos, heridos y en los arduos trabajos de rescate. Y lo más importante: ellos descubrieron su valor.

 

Ese despertar de la conciencia permitió a la sociedad y a diferentes actores, ver que existe el otro y que nos necesita. Que el frío que otro sufre nos mantiene despiertos, en la noche, pensando en él y que al día siguiente nos lleva a buscar algo que lo proteja.

 

Conciencia personal y colectiva que se manifiesta en acciones esporádicas y permanentes, porque las carencias permanecen vivas y crueles. Porque nos mueve la compasión, la comprensión de las realidades sociales y sus causas que se nutren de la falta de visión de los gobernantes, de la corrupción que ha permeando la vida cotidiana, de la apatía de los ciudadanos y del egoísmo que impide nutrir los lazos comunitarios y la solidaridad.

 

La fuerza telúrica cimbró a México y a las conciencias: ha enviado el mensaje de que la vida es frágil y que los bienes materiales no son para siempre. Nos ha hecho entender que somos comunidad, que dependemos unos de otros.

 

Cuando hay que empezar de nuevo porque se derrumbaron miles de casas, escuelas, hospitales, iglesias tenemos que hacerlo mejor. Con plan, con método, con visión de justicia, de respeto a la intimidad de las familias y al medio ambiente. Hay que lograr viviendas sustentables, vida comunitaria y con espacios colectivos para la recreación, el deporte y la cultura para todos. Tarea del gobierno y la sociedad civil que debe exigir y vigilar el uso de los recursos públicos.

  

 

 

 

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