Los diferentes rostros de la pandemia en Morelos

12/05/2020

 

El aislamiento, el miedo y la sensación de estar en medio de una crisis, ya sea económica, sanitaria o emocional nos ha llevado a actuar, imaginarnos y reaccionar de múltiples maneras, muchas de ellas incluso inexplicables para nosotras y nosotros mismos. Estar en medio de una coyuntura como es el Covid-19 nos ha hecho agregar a nuestras charlas cotidianas palabras que hasta ahora no usábamos con regularidad, “confinamiento, aulas virtuales, grupos vulnerables, aislamiento, precariedad”, son utilizadas con mayor frecuencia en nuestras charlas, ahora escuchamos a los niños y niñas hablar de Covid – 19, de virus altamente mortales, de aislamiento, con naturalidad y muchas veces con desempacho.

 

Ante el clamor y la urgencia de atender al llamado “Quédate en casa”, se muestras disidencias apasionadas, que muchos dan por llamar necedades, y es que las dinámicas en nuestros barrios no han cambiado del todo, existen procesos de resistencia a abandonar la vida como era, antes de la pandemia, y es que los argumentos dados en las noticias no son congruentes con la forma en la que muchos imaginan y experimentan el mundo, los noticieros hablan en términos médicos de los impactos que el virus provoca al cuerpo, las conferencias de Estado hablan de estadística, de propagación, de curvas y de aplanamiento. De muchas cosas que no terminan de hacer sentido y es ante esas narrativas y discursos ajenos que el pedirles “quédate en casa” se convierte sólo en una sugerencia menor, en un invento.

 

También están esas otras realidades que van al día y cuya recomendación de permanecer en casa no es más que un atentado. La pandemia ha visibilizado la precariedad en lo precario, es decir, empezamos a reconocer que la posibilidad de hacer trabajo a distancia constituía un privilegio, y sí lo es, sin embargo, dejamos de reconocer la ampliación de las jornadas laborales, la multiplicación de las tareas, la consigna de estar disponibles a cualquier hora del día. Y están esas otras realidades aún más vulnerables, aquellas personas trabajadoras cuyas jornadas laborales no se han modificado en lo más mínimo, trabajadores de limpia, repartidores de comida, empleados de súper mercados, cajeros de casetas de cobro, transportistas, aquellos a quienes les llamamos héroes para disminuir la culpa al no poder llamarles víctimas. La vida y la muerte se vuelven actos políticos.

 

 Nuestra forma de relacionarnos también se ha modificado, hemos creado en las redes sociales, dinámicas que nos permiten acceder cada vez más a nuestra intimidad, no queremos perder el contacto, queremos sentirnos cerca, queremos ser reconocidos y es en ese afán, en esa necesidad de sentirnos conectados, que han surgido las grandes compañías dueñas de las plataformas digitales, para acumular nuestra información, sin discriminar absolutamente nada.

 

Las formas de interacción a través de plataformas digitales, se volvieron tan indispensables en tiempos de aislamieto, que de manera voluntaria nutrimos sus nubes con nuestros datos, nuestros gustos, preocupaciones, necesidades, les estamos otorgando herramientas de vigilancia, y sólo es cuestión de tiempo, habrá que esperar qué uso harán de nuestros datos, ¿Servirán sólo para manipular nuestras prácticas de consumo o más bien la finalidad será el control político?

 

Y si bien es cierto que al ser la pandemia el resultado de un modelo económico y político extractivista y voraz, las expresiones individualistas se manifestaron con fuerza, como ejemplo están las compras de pánico, en donde no importó dejar si suministros a los demás mientras se garantizara el bienestar propio. Fue en estas condiciones que surgen acciones rezongonas que nos hacen sentir que no todo está perdido, ante estos escenarios de múltiples crisis se van reafirmando formas de vida tradicionales, que no es que hayan sido resultado de la pandemia, son formas de vida que ya estaban ahí, y que van adquiriendo reconocimiento, por eso es importante no pensarlas como el surgimiento de una alternativa.

 

 Con gran entusiasmo han surgido grupos de trueque e intercambio, en donde se está prescindiendo del dinero, cada vez hay más hombres y mujeres organizando charlas y talleres virtuales para brindarnos estrategias y herramientas para producir nuestros propios alimentos.

 

 

El hallazgo más inspirador en la pandemia, ha sido sin duda la respuesta de las comunidades para sí mismas, es decir, toda esa articulación de luchas, por ejemplo, podemos encontrar colectivos de mujeres que han trabajado toda su historia con temas de género, incluir en sus agendas el tema ambiental. Escuchamos a las personas jóvenes reflexionar y proponer la construcción de sociedades sustentables, que resignifiquen su relación con el entorno.

 

 

El fortalecimiento entre los de abajo, entre los vulnerables se ha convertido en un ejercicio de salvarse mutuamente, y que afortunadamente son expresiones que se van replicado constantemente. Es por eso que, en estos colectivos, se resisten a hablar de volver a la “Normalidad”, porque fue justo la normalidad lo que nos puso en medio de la crisis.

 

 

 

 

 

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